Lugares Para el Trabajo Colectivo

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En los últimos días Amalio Rey, Julen Iturbe-Ormaetxea y María Larraza han publicado una serie de posts alrededor del diseño de espacios para el trabajo colectivo y como arquitecto no podía dejar pasar este tema.

No voy a resumir las tesis barajadas, ahí están los enlaces que os recomiendo leer si no lo habéis hecho ya. La idea de este post no es tanto dar una respuesta a los mismos como ofrecer mi propia visión del tema.

Desde que el hombre se apropió de la primera cueva la arquitectura ha tenido un sentido funcional: El hombre tuvo una necesidad que cubrir, un uso al que dar soporte y la arquitectura fue la herramienta para hacerlo.

Con el tiempo fueron apareciendo otros planos de significado; propagandístico en lo político, publicitario en lo comercial, de notoriedad en lo social, inversión en lo económico… Todos estos aspectos se apoyan, o por lo menos deberían hacerlo, sobre el principal que es la adecuación de las formas al uso al que están destinadas.

En los últimos años se ha alterado el orden de prioridades y hemos visto como el aspecto propagandístico o espectacular (de espectáculo) de la arquitectura ha primado sobre los otros. Todos conocemos esas arquitecturas que se han construido para la “foto” y no tanto para utilizarse.

El fracaso de este sistema hace necesario dar un nuevo enfoque a la arquitectura, teniendo bien presente que la alternativa a una arquitectura espectáculo no es una arquitectura austera. Esto no es un problema de arquitecturas ricas frente a pobres, esto es un problema de arquitecturas que sirven frente a las que no sirven.

La solución pasa necesariamente por recuperar la arquitectura como elemento al servicio del hombre, recuperando su carácter funcional y liberándola de otras intenciones bastardas que se han demostrado estériles y devoradores de recursos.

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Habitualmente entendemos la funcionalidad con el sentido que le daba Le Corbusier en “La Machine à Habiter“. Según su idea la arquitectura surge de responder perfecta y racionalmente a un listado de funciones a desarrollar. En el caso del trabajo colectivo estas serían reunión, trabajo, intercambio… Para Le Corbusier la arquitectura debe ser como una máquina que se ajusta a un cometido definido previamente.

Esta visión responde a formas de trabajar del siglo 20 que en el caso del trabajo colectivo conviene revisar. Establecer un listado de funciones implica tener previamente un orden, un método y una lógica de funcionamiento. Y precisamente una de las singularidades del trabajo colectivo es que es un sistema abierto, no regulado ni jerarquizado, que se reescribe y autodefine cada vez que se ejecuta.

El trabajo colectivo no nace de las funciones sino de las relaciones, apareciendo las funciones posteriormente. La arquitectura debe primero promover esas relaciones para después servir a las funciones que aparezcan. Servir a una función por tanto no debe entenderse en el sentido de elemento conductor de unos usos, sino que debe entenderse como elemento generador y potenciador de los mismos.

La arquitectura deberá ser cóncava, llena de oquedades que abran posibilidades, impar, que llame a la acción… Una arquitectura que no proponga sino que invite a proponer. Será una arquitectura muda en contraposición con esa arquitectura ruidosa de épocas recientes, una arquitectura que calle para que hablen sus usuarios, que no pretenda caracterizar ni adjetivar, que no marque una lógica o un discurso sino que sirva de soporte a los que aparezcan.

Por no quedarme en la teoría voy a enunciar algunos aspectos formales que podría seguir la arquitectura para lo colectivo.

  • Cumplir con las necesidades básicas. Comodidad, buena luz, temperatura, conexiones, vistas… siguen siendo necesarias para trabajar de forma adecuada. Trabajo colectivo no significa amateur o “de cualquier manera”.
  • Utilizar viejos espacios, industrias reconvertidas, edificios con otros usos, etc. Estos lugares con características no típicas predisponen hacia relaciones diferentes a las habituales.
  • Trabajar en lugares provisionales. Por motivos parecidos al punto anterior. Trabajar en lugares temporales rompe con las inercias que se crean en los espacios estables y hace que se pongan en cuestión las bases del trabajo.
  • Espacios con lugares comunes donde interactuar e intercambiar ideas. Relaciones que no sólo se darán con iniciativas similares de trabajo colectivo, sino que deberán extenderse a otros ámbitos.
  • Lugares de lugares. Lugares formados por la agrupación de iniciativas diferentes: colectivas, individuales, sociales, comerciales…
  • Lugares flexibles. Apropiados para el trabajo en grupos pero también para la reflexión o trabajo individual, encuentros informales, presentaciones…
  • Lugares donde se mezclen trabajo, ocio, estudio, experimentación, producción, exposición… El trabajo ya no esta formado por compartimentos estancos sino entrecruzados y la arquitectura debe dar soporte a esta forma de trabajar.
  • Lugares sin jerarquía, con puestos de trabajo a un mismo nivel, intercambiables, compartidos, provisionales… Ausencia de sitios privilegiados.
  • Aspecto casual, instalaciones vistas de fácil mantenimiento, mobiliario funcional. Sin sofisticaciones o lujos que no aportan nada en este contexto y pueden distorsionar el trabajo.

Su soporte o edifico base no es algo definitorio, podrá ser una nave, un edificio de oficinas o incluso una casa antigua. La arquitectura para el trabajo colectivo no viene definida por un estilo, moderno, clásico o tech, eso son nombres llenos de connotaciones que distraen el debate real. Su verdadera característica radica en que es una arquitectura capaz de provocar acciones. El tiempo en el que se utilizaba a la arquitectura por las imágenes que generaba ha pasado, es el momento de recurrir a ella por las funciones que habilita y las posibilidades que es capaz de generar.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Lugares Para el Trabajo Colectivo

  1. De nuevo tan a gusto leyendo lo que escribes. Y además, esa elegante manera de nombrar a quien tú lees.
    No tengo qué decir pero no puedo no decirlo. Mejor hablan los poetas: Jorge y Silvio.

    “Van colocando verso tras verso, / oración tras oración, / ladrillo tras ladrillo. / Construyen hermosas catedrales, / castillos rodeados de murallas, / monumentales coliseos y toda suerte de edificios. / Consiguen honrar con la belleza la palabra / pero en su interior, / decorado también con un hermoso mobiliario, / nadie habita.”
    Jorge Espina. Edificios vacíos. Reverdecer, Baile del Sol, 2010.

    Con Silvio, déjate invadir “por la luminosidad”.
    Y es que todos los espacios que se habitan deben convertirse en hogar que acoge, recoge, que permite nacer y hacer tanto como se quiera.

    “… y de pronto ves tu hogar invadido/por la luminosidad… /Mi casa ha sido tomada por las flores./Traigan copas, traigan vasos/al derrame de colores./Mi casa ha sido tomada por las flores./Vengan almas y retazos:/voy a repartir canciones….”

  2. El Factor 22

    Gracias Sonrisa. Para complementar este cuadro de letras y arquitectura traigo una obra bastante conocida: “Casa Tomada” de Cortázar.

    http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/casa_tomada.htm

    Este cuento responde a las características que reclamaba para la arquitectura. Es impar, conocemos a los invadidos pero no a los invasores, es cóncavo, cuando uno lo lee no puede evitar entrar en la historia y completarla, el cuento más que proponer (que también lo hace) invita a que nosotros propongamos. Todo el cuento, empezando por la propia historia de la invasión, es una invitación a la acción.

 

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